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Académico de la Facultad de Derecho de la UNAM, socio de la firma Zeind & Zeind y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
México y Estados Unidos: la hora de la verdad
Tal como sucedió con los presidentes Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, tocará a la presidenta Claudia Sheinbaum establecer una vinculación fuerte y respetuosa con el presidente Donald Trump.
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Tal como sucedió con los presidentes Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, tocará a la presidenta Claudia Sheinbaum establecer una vinculación fuerte y respetuosa con el presidente Donald Trump.
Como todo en la vida, todo acontecimiento futuro llega cuando las condiciones para que se presente hacen su aparición. El año pasado estuvo marcado en buena parte por las elecciones presidenciales en los Estados Unidos y la fuerte lucha que hubo entre demócratas y republicanos y, particularmente, entre Kamala Harris y Donald Trump. Luego de un ir y venir de encuestas y de pronósticos, fue el candidato republicano el que se alzó con una victoria que por momentos ha cimbrado la estabilidad en diversos lugares.
Desde luego, la íntima y de larga data relación que nuestro país ha tenido con los Estados unidos no ha hecho más que profundizarse a pesar de los distintos momentos en los que ha habido tensión entre ambos países. No cabe duda de que la sociedad establecida a partir de la firma del tratado de libre comercio entre nuestro país, Estados Unidos y Canadá, ha generado que los intereses comunes sean cada vez mayores y que sus resultados hayan generado cambios importantes en el comercio mundial debido a su peso específico e importancia global.
Tal como sucedió con los presidentes Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, tocará a la presidenta Claudia Sheinbaum establecer una vinculación fuerte y respetuosa con el presidente Donald Trump y, en medio de la seria crisis política que se vive en Canadá, con un Justin Trudeau al que le queda poco tiempo ocupando ese cargo (y con las encuestas previendo como favoritos a los conservadores). Además, esto tendrá que hacerlo en un ambiente en el que las fricciones entre los tres países han sido en los últimos meses crecientes, sobre todo en temas en los que ha sido muy complicado lograr un entendimiento común, como son la migración, el narcotráfico y las relaciones comerciales con China.
Con la amenaza de deportaciones masivas, de una intervención militar unilateral y de imposición de aranceles, el presidente Donald Trump ha estado confirmando su estilo personal de gobernar e, incluso, lo ha estado exacerbando. Tal vez sea el hecho de que, a diferencia del primer mandato que transcurrió de 2017 a 2021, en esta ocasión Trump no puede optar por la reelección y se puede prever que buscará desahogar en estos cuatro años por venir la que ha sido su agenda desde que expresó por primera vez sus aspiraciones políticas hace varios años. Es una realidad que cuando una persona puede optar por la reelección, usualmente actúa con cautela en caso de pretenderla.
Así, el panorama para México y para nuestra presidenta luce complejo. No obstante, ante los retos que se avecinan la legitimidad de la presidenta y el eventual frente común que podamos construir mexicanas y mexicanos serán fundamentales para salir airosos.
Ha sido promisorio que se realicen ajustes a la estrategia para enfrentar a la delincuencia o la presentación del “Plan México”, así como también lo ha sido la convicción de ajustes en la política migratoria (aunque seguramente de ellos hay mucho por venir). A pesar de ello, es indispensable que exista congruencia entre las acciones que se ejecuten y los resultados que arroje el trabajo de las legislaturas, pues las reformas llevadas a cabo hasta hoy pueden tildarse de incongruentes respecto de la batería de instrumentos que nuestro país requerirá para hacer frente a lo que pueda venir.
Con una complicada implementación de la reforma al Poder Judicial, con un desmantelamiento de la estructura gubernamental como la conocíamos y su eventual reacomodo, así como con el adelgazamiento que ha sufrido esta última, se corre el riesgo de distracciones y de que, finalmente, el orden jurídico que se está confeccionando vaya en un sentido contrario a la fortaleza institucional, democrática y del Estado de derecho imprescindibles para que la relación entre nuestros países sea lo armónica y respetuosa que debe ser.